
Hay gente que nace con tragedia en la sangre.

Durante 1 mes estuvimos parados en la misma esquina
Mirando el edificio de enfrente
Tirando hipótesis sobre qué había en ese lugar
Esperando que pasara el maldito cole
Esperando que pasara…
Lo que demora se hace anhelar
Lo que viene rápido se fuga rápido
Esperando que alguien hable
Esperando que alguno de los dos dijera algo
Mirando la calle, mirando la gente, mirándonos


Parecería ser que nos encontráramos ante una estructura aleatoria, al mejor estilo Rayuela, frente a un juego de piezas movibles y rearmables. Porque la memoria no suele respetar órdenes racionales, sino que prefiere autoproclamarse como obra en movimiento. Apelar a ella muchas veces implica introducirse en una construcción laberíntica; y recorrer una ruta que es a la vez mental y sensoria. El cuerpo no olvida.
A mi amiga, compañera de tesis y socia de la vida...
//Falta poco para finalmente poder decir "¡SE PUEDE!" y dar esa vuelta a la manzana de la facultad que tantos gustos y disgustos nos dio, con luz de atardecer de otoño como en la película que vimos hace algunos años en el Gaumont//
Se acerca. Despacio. Despliega al aire palabra bellas que intentan rozar lo poético. Todo va bien. Muy bien. Mensaje un sábado por la tarde. Luego, días de ausencia. A la semana, vuelve a aparecer. Promesas de noche de copas rosadas, de brisa acariciando las mejillas, de escucha de discos y más. A veces pasa. Pasa. Eso. Sólo a veces. Dice uno de los cuadritos que cuelgan en una de las paredes de su departamento de niño burgués con aires de bohemia. El espejo lo captura y lo contiene. No puede ver más allá de él. Demasiado amor propio. Es un poco mujer cuando ama y hace el amor. Juega al acto sexual. Sólo juega porque no puede acabar aquello que comenzó. Es como esas mujeres limitadas y previsibles. El temor absoluto a ser descubierto lo transforma en un hombre de nadie. Vacío de mar, de aliento, de cuerpo. Un nadie vacilante, gris, que escapa a la mirada de ella. La otra. Las otras. Las que están. Las que vendrán. Él es máscara de barro, cartón corrugado, cuya existencia se repliega ante la primera gota de lluvia derramada. Aparece. Desaparece. Aparece a medias, como soldado temerario atrincherado en medio de una guerra inútil, ante un enemigo que no existe. La humanización de su perro arrasa, de modo fulminante, con su instinto animal de supervivencia. ¿Acaso la histeria sólo le pertenece al universo femenino? Él quiere gozar, gemir, gritar de placer, pero no puede. Demasiado amor propio. Su metamorfosis compulsiva lo convierte en un hombre de múltiples rostros. Si alguna mujer quisiera desterrarlo de ese lugar, cometería un error. Como Henry Lucas, para él la verdadera perversión es la monogamia. Su nomadismo noctámbulo lo transforma en un nadie que vaga en nubes de fantasía erótica y procura eliminar cualquier huella incriminatoria. Ser otro, siempre en otro lugar. Estar en su casa y en las camas de todas las mujeres de la ciudad, cambiar frenéticamente de lugar las obras de arte, coleccionar cientos de plantitas de variadas especies, reclutar los más insignificantes objetos callejeros, trasladarse mediante mensajes de texto que desbordan de lugares comunes, son respuestas inventadas a fantasmas no resueltos de la infancia. Su teléfono celular, su correo electrónico y su mensajero virtual son sus medios de captura y administración de afectos. Su capital afectivo se condensa en infinitas listas de contactos, nicks y direcciones. Los contactos se mensajean, se excitan, se rechazan, se atraen, se atienden. Él juega a ser ella. Él quiere ser histérico como ella. Por momentos le sale. Por momentos no. Si la otra aparece, él desaparece. Su departamento se ha convertido en una gran escenografía donde los afectos desfilan ordenadamente. Él no quiere estar limpio, porque eso implicaría purgarse. ¿Cuánta agua habrá en una gota de lluvia? preguntaba él cuando niño. Atrás quedó la sensibilidad verdadera. Hoy, prótesis de vestimenta y frases alquiladas recaen sobre alas que pretenden volar alto, pero que (hace tiempo) han iniciado un viaje cuesta abajo, sin escalas.
He conocido hombres que deseaban que la amistad erótica
Estoy cegada

// Carta no enviada //
La obesión por retener palabras/frases/pensamientos/ ideas no cesa.

De sábado a sábado. 7 días de animarse al encuentro con el goce, el disfrute y la conexión, que concluyen con un desayuno 6 am.


Abrazo la soledad
Escribí decenas de cartas. La primera fue al cabo del primer mes, o sea en julio, pleno invierno. Época de CBC, de bufanda, guantes y hacha. Y después, ya no tengo tan claro con qué frecuencia seguí escribiendo. (O mejor dicho: con qué frecuencia seguimos escribiendo. Porque vos también me regalaste decenas de cartas, ensayos, poemas y prosas).Todo eso.
En alguna calle parisina,


Lucio Arrillaga, Ignatz B.y Max Tuja - todos miembros activos de la ´Patafísica – fueron los encargados de la preparación de la no-edición de Éternidad Patafísica, un programa que no fue emitido en el día de la fecha. Desde sus casas, departamentos, pisos horizontales, monoambientes, en la ciudad, en el campo, en algún lugar del mundo, los radioescuchas adhirieron a la propuesta de los patafísicos, y decidieron sentarse junto a sus transmisores para rebelarse contra la práctica habitual de la escucha radiofónica.
Ser irrefrenable que atrás no elige quedarse. Sus cenizas vuelan en ciénagas noches, hiperbólicamente. 
Una vez salimos por separado a encontrarnos, y nos encontramos. Y aquí estamos... perdiéndonos por las calles, enterrando paraguas rotos en alguna plaza, guardando los recuerdos como polaroids, riéndonos como niños, soñándonos, llorando juntos (sin importar que los vidrios se pongan húmedos...)
Bajan las aguas, el aire pesa

El segundo encuentro fortuito ocurrió en el subte. Ana iba parada, con una mano sobre la estructura de metal y la otra sobre la tapa de la revista Barcelona. Girondo se había retirado en agosto, y con el comienzo de la primavera llegaban otras lecturas. Del otro lado del vagón estaba Antonio, quien había pasado del mal de las flores a la artificialidad de los paraísos.
Una mañana, se despertó sobresaltada. Ella estaba sumergida en una bañadera, vestida con delicada ropa interior de color blanco. Sobre la superficie flotaban diversos juguetes. El rostro de Ana se hallaba como desfigurado. De pronto aparecía en cuadro un niño con piel de durazno que se sumergía en el agua tibia junto a ella. Ambos se divertían en la diminuta bañadera, salpicándose con agua y tirándose de cabeza. Por momentos, Ana elegía tirarse de palito, lo que provocaba un gran encono por parte del pequeño. La bañadera se abría en dos, y el agua se fraguaba por entre la cerámica de color blanco. El cuerpo de Ana se volvía plastilina, se elongaba, las vértebras se hacían trizas. Se retorcía, se enroscaba, resplandecía, enmudecía y al rato sus gritos rajaban las paredes recién pintadas. La piel de fruta se desvanecía por el vapor, pero su aroma quedaba flotando sobre el ambiente, y al cabo de unos segundos se hundía con fuerza en el vientre de ella. Ana comenzaba a llorar y su sollozo se confundía con el tedioso sonido del despertador.
En verano, Ana renunció a su trabajo como editora. Antonio, a pesar del agotamiento, continuaba soportando la altanería y pedantería de su jefe bancario.
La ventana del living estaba abierta de par en par, el calor agobiante de un verano típicamente porteño. El gato de la vecina se posaba, como todas las mañanas, sobre el marco gastado de la ventana. Ana tomaba café negro (de cafetera italiana), ni tostadas, ni cereales ni, nada. Para Antonio, nada mejor que unos mates y el diario antes de partir a la locura incesante de los semáforos, las bocinas, los motores enardecidos y tantas otras cosas.
Un sábado, Ana echó un vistazo por debajo de la cama. Los libros, discos, apuntes viejos marcados con resaltador y revistas y diarios de otros años tapizaban el piso de madera de la habitación. Entre el polvo de los textos, Ana descubrió aquel trozo de papel que otrora había encontrado en alguna vereda de la ciudad. Lo miró, lo inspeccionó, lo observó nuevamente con una lupa vieja, lo dejó apoyado sobre la mesa ratona del living, lo dobló, después lo moldeó cual bollo, lo tiró al tacho de basura junto a la comida del día anterior, pero se arrepintió y terminó dejándolo reposar junto a la biblioteca.
En verano Antonio la dejó, o fue dejado, o se dejaron. No se sabe, nunca se sabrá. El trabajo en el banco duró hasta el mes de marzo. Decidió mudarse al barrio de Vicente López, sobre la calle Gaspar Campos. La casa era pequeña, de estilo antiguo, con un marcado aire francés (parisino sobre todo). Plenamente, Art Nouveau, como le gustaba a Antonio. Para la llegada del otoño, había logrado acomodarse como empleado en una biblioteca de la zona. La paga no era tan buena como la del banco, pero al menos en el nuevo trabajo podía tomar mate mientras clandestinamente leía algo de Cortázar, Artaud, Foucault, o cualquier otro autor de tinte intelectual (en lo posible francés).
Mayo, mes de, de algún año. Ana seguía sin trabajo. El cargo de editora no era algo que la apasionara. La fotografía, en cambio, estaba en un rincón, agazapada, como esperando salir de entre las sombras. Desde hacía varios años, Ana había logrado armar un decente libro de fotos, pero ante el temor de pasar a engrosar la lista de mediocres, Ana prefería mantener el más absoluto silencio respecto de su incipiente labor.
Antonio y Ana volvieron a cruzarse cerca del río. Ella llegó a la rivera con su cámara fotográfica, gracias al mapa dibujado en aquel papel viejo. Él simplemente estaba sentado en un banco, con un cuaderno sobre sus piernas y una birome enroscada en la boca.
Ana caminó los cien pasos en dirección al río, según las indicaciones del rudimentario mapa. Cuando dejó de avanzar, levantó la mirada, con el ojo sobre el visor, y apretó el botón. A su izquierda, aparecía un cuerpo esbelto, perdido entre el agua y el verde. Nuevamente, Ana posó su mirada sobre el visor, hizo zoom sobre ese otro cuerpo y disparó. Ella apenas podía ver la figura de un hombre, sentado sobre un banco, leyendo o escribiendo, con pantalones largos y saco.
Antonio intentaba terminar la maldita novela que había empezado hacía tres otoños. Pero era inútil. Desde lejos, veía la figura de un cuerpo esfumado entre el paisaje. Se trataba de una mujer, delgada y con el cabello despeinado. Llevaba colgada una cámara y tal vez una mochila. Antonio no estaba seguro. Ese cuerpo otro comenzaba a alejarse, Antonio no podía concentrar la mirada sobre su escrito, la birome se había desenroscado de su boca y había descendido hacia el césped. El viento le despeinaba el pelo, el cual se colaba entre el marco del anteojo. Ana estaba cada vez más lejos, y Antonio también. La novela aún iba por el cuarto capítulo. Quizás terminaría transformándose en un cuento, o una poesía, o un guión, o algo.
Antes de retirarse de la rivera, ella dejó al lado de un poste de luz, el rollo de negativos. Él, de regreso a la casa, se entretuvo observando los negativos. Le causaba gracia ver su tonto cuerpo entregado a la hoja.
Antonio se preguntaba por qué esa mujer había decidido fotografiarlo, por qué a él, a un extraño, un perfecto desconocido. Por qué habría de dejarle los negativos... Ana tampoco lo sabía. Hay momentos donde la teoría no vale, donde toda estructura racional cae desplomada y el alma se carga del más bello sentir.
Desde aquel invierno, las imágenes de su cuerpo y el río empapelaron la sala del living. Para cualquiera, hubiera podido ser un acto del más alto narcisismo, pero no para él. Le interesaba colocarse sobre la mirada de ella. ¿Qué es lo que había percibido allí? ¿Quién era ella? ¿Quién era el de la fotografía?
Durante esa estación, Antonio continuó escapando al río, no tanto para concluir su novela, sino más bien para salir a encontrarse con esa mujer de la cual nada sabía, o tal vez sí. Pero Ana nunca llegó. Nunca.
Para el Vendimiario, Ana había empezado sus primeros trabajos como fotógrafa para la revista La Maga. La imagen del hombre del río no se había esfumado, pero Ana era de las que creían en los encuentros casuales, no planeados, de modo que nunca volvió a la rivera.
Antonio temía que el destino de esa mujer haya sido similar al de Laura Avellaneda en aquella novela de Benedetti. Pero era típico de Antonio tener esos pensamientos trágicos. Ana jamás lo entendería.
Las hojas de los árboles pasean por la ciudad. Durante las mañanas, los cafés se llenan de abultados trajes, y los ojos sumisos se esconden bajo los titulares de los periódicos.
Los subtes y trenes y colectivos y taxis y autos, se llenan de cuerpos apurados, cansados por el trajín.
Desde las oficinas del centro, se escuchan teléfonos, dedos de maquinistas ágiles golpeando las yemas de sus dedos contra las teclas de una máquina gastada. El humo penetra por las narices de transeúntes desprevenidos y las radios matutinas se encuentran extasiadas de tanta información que desborda. La gente camina junto a ese gran falo, y al lado de todo eso, en las esquinas, debajo de un árbol muerto de sed, hay niños que ensayan parlamentos para comer.
Con el Brumario encima, ni Ana ni Antonio imaginaron que sus ojos se acariciarían en una marcha universitaria. Ella estaba registrando con su cámara la movilización de estudiantes y docentes. Él apenas pasaba por el lugar, esperanzado en que allí encontraría situaciones que despertaran su imaginación poética, o algo así. A la altura del Cabildo, Antonio la vio. Ella le dedicó una mirada dulce, pero fugaz. Él quiso perseguirla, pero la perdió entre la gente.
Ya en su casa, Antonio se tiró sobre el sofá, mientras bebía un White Russian bien helado. El aire denso del comienzo de la primavera se mezclaba con el aroma de las hierbas encendidas. Antonio pensaba que debía abandonar el texto y comenzar con otro género. Los policiales estaban vendiéndose bien en los diarios de grandes tiradas. El caso de María Marta García Belsunce había logrado tener su propia columna en el diario que promete soluciones. Aunque por momentos pensaba que quizás lo mejor sería sumergirse en la aventura fantasiosa de inventar un amor falso entre aquella mujer del río y él, el del cabello despeinado por el viento.
Ana estaba enamorada de Julio, pero el tiempo y el espacio no siempre juegan en la misma vereda. La tonta creía que podía tomarse unos tragos junto a Ossip, Babs, Horacio y escuchar jazz, y hablar de literatura, de tratados filosóficos, de lo bello de la ciudad durante el invierno, de eso... y de otras cosas por supuesto.
Ana quería saber quién era el del río. Antonio deseaba descubrirla, entrar por sus ojos, nadar un poco por su iris, dar vueltas en su ombligo y revolcarse como un chico entre su pecho. Ana en cambio no pensaba en esas cosas. Se conformaba con esa silueta de hoja y tinta.
Llegaba fin de año, navidad, los festejos, el champagne, las copas rotas, las tarjetas, las sonrisas, las nostalgias guardadas, la tristeza en los ojos, los abrazos, la familia, las reuniones, las fabulosas comidas de invierno pero en un clima de verano agobiante, el arbolito de navidad, la bota en la puerta con nieve de mentira, puf!
Ana no aguantó más, y un día se llevó todas sus cosas.
Antonio cada vez soportaba menos la ciudad, y también se fue.
Los dos se fueron, se escaparon. No... escapar no es el verbo. Decidieron vivir en otro lugar. ¡Eso es!
Ambos partieron un día 26 de diciembre. A él le tocó el piso de abajo, pegado al baño. Ella, como siempre, iba sentada en la parte del medio, (creyendo que en caso de accidente, sería más fácil escapar).
Recién se respiraron en Cipoletti. Ana había ido al bar a comprar un café. Antonio estaba en un banco de la estación de micros, fumando su último cigarrillo Gitanes. Antes de subir, él la reconoció. Tenía el pelo más corto, y el color estaba algo alterado, pero eso no fue motivo para desconocerla. Ella también recordó su rostro, y no pudo evitar deslizar una sonrisa.
Él la saludó, como si la conociera. Ella no pudo menos que devolverle el gesto. Se preguntaron la hora, hablaron del clima, y se quedaron callados. Cuando se quisieron acordar, vieron que el micro ya estaba en marcha, avanzando hacia la ruta. Empezaron a correr como dos locos, entre risas y gritos. Desde adentro del micro, los pasajeros parecían reírse, como disfrutando el espectáculo de dejar varados en el medio de la nada a dos pobres viajantes. A Ana le causaba gracia ver el cuerpo delgado de Antonio erguido frente al vehículo, vomitando palabras extrañas.
Antonio debía bajar en Bariloche, donde vivían sus tíos. Pasaría allí fin de año, y luego... luego, incertidumbre, palabras que olían a espesa duda.
Ana planeaba descender en El Bolsón, donde un amigo sociólogo la estaba esperando.
Antes de irse, Antonio le dejó la dirección de la cabaña donde pasaría el verano. Ella fingió estar dormida, pero disfrutó sentir esa mano tibia rozando su falda.
Las montañas estaban deliciosas, el viento soplaba frío, las hojas volaban sin destino, los lagos eran mares de lágrimas puras, el cielo se abrazaba con el agua verde y celeste, ninguna cámara podía abarcarlo todo, sólo los ojos de un pintor. Las casas regalaban olores a madera recién cortada, cocinas perfumadas con tortas caseras, sopas, frutos traídos del bosque, mermeladas y dulces. La gente se perdía en infinitos abrazos y cálidas palabras, rodeados por los cerros.
Para el fin del mes de enero, Antonio logró terminar su obra. La última página la había escrito en el bosque, con un perro lamiéndole la pierna derecha, y el lago frente a sus ojos. Faltaba un editor, pero sobraba tiempo.
Ana intentó acomodarse en la cabaña de duende de su amigo. No había colchones, ni mesa, ni sillas ni bidet. Pero había un altillo, libros de Weber y Durkheim, una pila de discos, y un hogar.
Se sabía que Ana no viajaría hacia el norte del sur. De todos modos, él la esperaba, descendiendo de un mini-bus color verde y blanco, con un manojo de valijas en sus manos y una cámara alrededor de su delgado cuello. Ella jugaba a delirar que una noche, por el sinuoso camino de tierra, aparecería caminando el hombre de pelo revuelto, el del cuaderno y la birome, el de los anteojos marrones, el que lanzaba dicterios incomprensibles para gentes comunes y que rozaba faldas de muchachas dormidas (o que pretendían estarlo...).
¿Hasta cuándo permanecerían en esas tierras con aroma a sur? ¿Cuándo volverían a verse? ¿Se encontrarían?
Cuando el color de las montañas se tornó blanco, los árboles perdieron sus formas y desaparecieron los verdes, rojos y naranjas, Ana creyó que era momento de partir de la Comarca. Su amigo había resuelto volver a Buenos Aires, por motivos de trabajo, con lo cual la cabaña debía ser abandonada.
Caminando por el centro de Bariloche, Ana decidió perderse en cada librería. Extrañaba el olor de las hojas, de la tinta recién impresa, del polvo anciano sobre las tapas de los libros. Se encontraba ávida de novedades literarias. Durante demasiado tiempo, había permanecido recluida en la casa con su amigo, tomando vinos, fumando cigarrillos armados con las manos curtidas por el frío, hablando de sus vidas, de lo que deseaban, de lo que aún quedaba por hacer, de los placeres, las angustias, de los poemas escritos perdidos en alguna noche gris.
Los textos se ofrecían en las vidrieras, como mercancías putrefactas, o en el mejor de los casos, como productos de góndola ansiosos de pasar por la caja registradora, como queriendo sentir placer ante el láser rojo y penetrante. Ni tres por uno, ni dos por diez, ni tres por quince. ¿Qué era de eso de manchar con capitalismo barato las líneas de un Flaubert?
Antonio también quiso perderse, una tarde, en las librerías del centro. Alucinaba con ver su obra, no reposando sobre un estante de roble, sino siendo leída por alguna mujer o algún hombre, en la esquina de un café, en el banco de una plaza o en una cama de dos plazas.
Él compró algunos libros de poesías. Ella se inclinó por un texto que exploraba las aventuras cinematográficas de Warhol.
Desde el otro lado del ventanal empañado, se veía el rostro de Antonio, con la boca abierta, atento al chocolate caliente que estaba a apunto de ingresar en su estómago. El humo del cigarrillo se le iba al cabello, y luego volaba hacia las mesas de atrás. Sobre la mesa, estaban desplegados los libros, aún con las etiquetas que indicaban el precio. Disfrutaba de ese momento, en el cual el objeto deja de ser ajeno, y comienza a incorporarse como parte de uno.
Sin saberlo, en la mesa de atrás, se sentó ella. También ordenó un chocolate caliente, como para aliviar el frío en los pies y las manos. Mientras el mozo realizaba el pedido, Ana colocó el libro de tapa dura sobre el mármol de la mesa. Lo abrió con cuidado, sus dedos apenas rozaban las hojas. A Ana le gustaba el perfume de lo nuevo, de lo virgen. Cada tanto, desviaba su mirada hacia el ventanal y se perdía entre los juegos de los niños en la plaza central. Tres niñas, junto a dos amigos, se divertían embocando la piedrita en el cielo y la tierra. Cuando la piedra se iba demasiado lejos, la más pequeña era la encargada de ir en busca de ella.
Cuando Antonio volvió del baño, Ana lo reconoció. Él estaba tan entusiasmado con la lectura poética, que ni la vio. Ella apretó sus muslos, como para prevenir que su sexo se cayera por la ventana. Allí estaba él, el que no tenía nombre, pero del cual suponía saber algo. El encuentro había sido casual, como le gustaba a ella. ¿Acaso debería hablarle? Antonio hizo un ademán para llamar la atención del mozo. Comenzaba a oscurecer y ya las primeras estrellas se colaban en el cielo. Ana dudaba entre varias alternativas: tocarle la espalada, saludarlo con aire de sorprendida, preguntarle la hora, esconder su rostro detrás del libro... Cuando el mozo trajo la cuenta, Ana aprovechó para acercarse a su mesa. Lo miró intensamente y lo abrazó. Ninguna palabra pudo salir de su boca. Una lágrima rodó por su cara hasta empapar el saco de Antonio.
Se sentaron sobre unos almohadones cerca del fuego. Abrieron una botella de vino y dejaron los libros por ahí tirados. Él la tocaba con los ojos, ella lo sentía con el pubis; él la desnudaba con los labios, ella se dejaba penetrar por los muslos; él la acariciaba con el pelo, ella lo dejaba jugar en sus médanos de arena; no se cansaron de observarse, de espiarse todo el cuerpo, de rozarse, envolverse y finalmente desenroscarse.
¿Quién diría la primera palabra? ¿Había que hablar? El silencio era suyo esa noche.
Durmieron juntos, en la misma cama, con las sábanas raídas y olor a leña. Antonio la abrazó durante toda la noche, y ella se dejó.
Ana se encargó de preparar el café, mientras Antonio ponía a calentar agua para el mate.
- Me llamo Ana, dijo ella –y se echó a reír-.
- Yo soy el del río, el de la marcha en la plaza de Mayo, el del micro. Soy Antonio, y escribo.
Los dos comenzaron a reírse, cada vez más fuerte, revolcándose en el piso, con las piernas para arriba y los brazos extendidos, como volando sobre una nube de bichitos bolita.
Al momento de hablar, Ana se propuso ser cauta, medir sus palabras, controlar el aliento. Decir hasta acá, no hasta allá. Antonio en ese sentido era su antítesis. Nada le importó tomar media mañana para hacer comentarios acerca de su novela, de su paso por la docencia como profesor idealista de literatura, de su frustrado trabajo como empleado de banco, de la monotonía alienante de la ciudad, de la ciudad.
Sus cuerpos, sus rostros, sus ojos, sus espaldas, hombros y caderas se colaron por entre las montañas. El aire de Buenos Aires era extraño a sus sentidos. El sur estaba allí, para ellos, para los recién llegados, los de siempre, los viajantes fortuitos, los de ahora, los de antes, los que vendrían.