Audio: Capítulo 32 // Rayuela// Con la voz de Julio
http://www.youtube.com/watch?feature=endscreen&v=5aY_tX-A1mY&NR=1
no es como la memoria: su voluntad
de olvidar es cien veces más acérrima”.
Pauls, A. El pasado.
Enfrentarse a la mitad de una foto encierra ya el acto de valentía y coraje para afrontar la verdad de la otra mitad. Pero esa imagen no sólo nos implica sino que implica al otro, a los otros. Nos apela y apela a nuestra memoria. Y ahí vienen las preguntas, los cuestionamientos, los olvidos, los vacíos, los silencios y los intentos por encontrar razones a las sinrazones.
La pregunta por el origen de la mitad de la fotografía faltante es compleja, huidiza. Nos trae recuerdos, pero también olvidos. Lo que intentamos hacer es ir en busca del recuerdo, como si éste fuese el objeto de nuestra búsqueda. ¿Pero dónde está el recuerdo, dónde la memoria de cada persona? “No existe un lugar en el cerebro que se pueda identificar y decir: aquí está la memoria”[1]. La memoria nos atraviesa por completo, como el aire que respiramos y las gotas de lluvia en un día de tormenta.
La vida de cada persona también está hecha de olvidos, ellos son parte de lo que somos. Como dice Joёl Candau, el olvido “puede ser el éxito de una censura indispensable para la estabilidad y la coherencia de la representación que un individuo o que los miembros de un grupo se hacen de sí mismos”.
El desafío radica en la búsqueda de un equilibrio entre memoria y olvido, donde el uso de la memoria no implique su abuso. No queremos ser como Funes el memorioso. Queremos intentar completar la fotografía de nuestras vidas a través de los recuerdos pero también de los olvidos, a pesar de, a pesar de todo.
[1] Tulving, E. Organization of Memory: Quo vadis? M.S. Gazzaniga (editor), The Cognitive Neurosciences (1995), The MIT Press,
Es domingo. Y ya no es verano. Y ya no hay sol. Y ya empieza a soplar viento fresco. Saqué del placard el tapado marrón que tanto me gusta y un saquito de lana violeta abotonado. Enciendo “el” tele (por decirlo en idioma neuquino…como si dijera “cole” en vez de colectivo) y por segunda vez –en 3 días- engancho Eternal Sunshine of the Spotless Mind…y me quedo pensando en lo que Joel Barsih le dice a Clementine: “Podría morirme en este instante. Simplemente soy feliz”. La imagen es lindísma. Los dos acostados sobre el hielo, mirando el cielo, las estrellas, nada más que eso. Y me acuerdo entonces de lo que Abril, Nicolás y Alfred charlan en un restaurante (que se quedó en el tiempo) de Miramar, en la película Incómodos: saber la fecha exacta en la que te vas a morir te permite animarte a lo que sea cada día, porque sabés que nada te va a pasar. Sabés que ese día no es tu día, que tu día llegará más adelante. ¿Pero hay un destino ya marcado desde el día en que nacemos? ¿Algo así como un mapa de nuestra vida? Me cuesta creerlo. Lo que sí creo es que no es lo mismo buscar la felicidad que evitar el sufrimiento. Vivir evitando es como vivir con miedo, me asusta la idea. Prefiero buscar, aunque no tenga certezas de encontrar (¿encontrar qué?).
Acá, uno de los grandes temas de la peli Eternal Sunshine…: http://www.youtube.com/watch?v=6l3j7A_q-i4&feature=related
Y acá, el tráiler de Incómodos: http://www.youtube.com/watch?v=BxQELM9KSfg


La voz en off de Nadja dice que “a los franceses les gusta pasarse horas enteras así”. Ella sólo se queda un rato. Dice no tener ningún objetivo concreto. “Sólo estar sentada”. No está esperando a nadie. Sólo quiere estar allí, en esa mesa, en ese café, en esa esquina. “Yo no leo. Observo. Observo la calle, la gente pasa, cómo miran las cosas”.
Ese personaje femenino que retrata Eric Rohmer en Nadja à Paris1 corre, pero C. Baudealire desde sus Flores del mal2 dice ignorar dónde huye. Nadja, desde su mesa de café, tampoco sabe hacia dónde va él, quien la mira pasearse por las calles de París. Él dice que la podría haber amado, como esos amores fugaces de subterráneo que sólo duran un par de estaciones y sobreviven en la mirada introspectiva que desnuda y devela lo que siempre vemos, pero casi nunca miramos.
1.
Título original: Nadja à Paris
Dirección: Eric Rohmer
Intérpretes: Nadja Tesich
Año: 1964
Duración: 13 minutos
Link para ver el corto: http://naranjasdehiroshima.blogspot.com/2010/04/nadja-paris.html
2.
Baudealire, Charles. Las flores del mal. "XCIII. A una que pasa". Página 134. Colección Nogal. Gradifico. Buenos Aires. 2003.
sollozo que ahoga y desahoga
Durante 1 mes estuvimos parados en la misma esquina
Mirando el edificio de enfrente
Tirando hipótesis sobre qué había en ese lugar
Esperando que pasara el maldito cole
Esperando que pasara…
Lo que demora se hace anhelar
Lo que viene rápido se fuga rápido
Esperando que alguien hable
Esperando que alguno de los dos dijera algo
Mirando la calle, mirando la gente, mirándonos


Parecería ser que nos encontráramos ante una estructura aleatoria, al mejor estilo Rayuela, frente a un juego de piezas movibles y rearmables. Porque la memoria no suele respetar órdenes racionales, sino que prefiere autoproclamarse como obra en movimiento. Apelar a ella muchas veces implica introducirse en una construcción laberíntica; y recorrer una ruta que es a la vez mental y sensoria. El cuerpo no olvida.
A mi amiga, compañera de tesis y socia de la vida...
//Falta poco para finalmente poder decir "¡SE PUEDE!" y dar esa vuelta a la manzana de la facultad que tantos gustos y disgustos nos dio, con luz de atardecer de otoño como en la película que vimos hace algunos años en el Gaumont//
Se acerca. Despacio. Despliega al aire palabra bellas que intentan rozar lo poético. Todo va bien. Muy bien. Mensaje un sábado por la tarde. Luego, días de ausencia. A la semana, vuelve a aparecer. Promesas de noche de copas rosadas, de brisa acariciando las mejillas, de escucha de discos y más. A veces pasa. Pasa. Eso. Sólo a veces. Dice uno de los cuadritos que cuelgan en una de las paredes de su departamento de niño burgués con aires de bohemia. El espejo lo captura y lo contiene. No puede ver más allá de él. Demasiado amor propio. Es un poco mujer cuando ama y hace el amor. Juega al acto sexual. Sólo juega porque no puede acabar aquello que comenzó. Es como esas mujeres limitadas y previsibles. El temor absoluto a ser descubierto lo transforma en un hombre de nadie. Vacío de mar, de aliento, de cuerpo. Un nadie vacilante, gris, que escapa a la mirada de ella. La otra. Las otras. Las que están. Las que vendrán. Él es máscara de barro, cartón corrugado, cuya existencia se repliega ante la primera gota de lluvia derramada. Aparece. Desaparece. Aparece a medias, como soldado temerario atrincherado en medio de una guerra inútil, ante un enemigo que no existe. La humanización de su perro arrasa, de modo fulminante, con su instinto animal de supervivencia. ¿Acaso la histeria sólo le pertenece al universo femenino? Él quiere gozar, gemir, gritar de placer, pero no puede. Demasiado amor propio. Su metamorfosis compulsiva lo convierte en un hombre de múltiples rostros. Si alguna mujer quisiera desterrarlo de ese lugar, cometería un error. Como Henry Lucas, para él la verdadera perversión es la monogamia. Su nomadismo noctámbulo lo transforma en un nadie que vaga en nubes de fantasía erótica y procura eliminar cualquier huella incriminatoria. Ser otro, siempre en otro lugar. Estar en su casa y en las camas de todas las mujeres de la ciudad, cambiar frenéticamente de lugar las obras de arte, coleccionar cientos de plantitas de variadas especies, reclutar los más insignificantes objetos callejeros, trasladarse mediante mensajes de texto que desbordan de lugares comunes, son respuestas inventadas a fantasmas no resueltos de la infancia. Su teléfono celular, su correo electrónico y su mensajero virtual son sus medios de captura y administración de afectos. Su capital afectivo se condensa en infinitas listas de contactos, nicks y direcciones. Los contactos se mensajean, se excitan, se rechazan, se atraen, se atienden. Él juega a ser ella. Él quiere ser histérico como ella. Por momentos le sale. Por momentos no. Si la otra aparece, él desaparece. Su departamento se ha convertido en una gran escenografía donde los afectos desfilan ordenadamente. Él no quiere estar limpio, porque eso implicaría purgarse. ¿Cuánta agua habrá en una gota de lluvia? preguntaba él cuando niño. Atrás quedó la sensibilidad verdadera. Hoy, prótesis de vestimenta y frases alquiladas recaen sobre alas que pretenden volar alto, pero que (hace tiempo) han iniciado un viaje cuesta abajo, sin escalas.
He conocido hombres que deseaban que la amistad erótica
Estoy cegada

// Carta no enviada //
La obesión por retener palabras/frases/pensamientos/ ideas no cesa.

De sábado a sábado. 7 días de animarse al encuentro con el goce, el disfrute y la conexión, que concluyen con un desayuno 6 am.


Abrazo la soledad
Escribí decenas de cartas. La primera fue al cabo del primer mes, o sea en julio, pleno invierno. Época de CBC, de bufanda, guantes y hacha. Y después, ya no tengo tan claro con qué frecuencia seguí escribiendo. (O mejor dicho: con qué frecuencia seguimos escribiendo. Porque vos también me regalaste decenas de cartas, ensayos, poemas y prosas).Todo eso.
En alguna calle parisina,


Lucio Arrillaga, Ignatz B.y Max Tuja - todos miembros activos de la ´Patafísica – fueron los encargados de la preparación de la no-edición de Éternidad Patafísica, un programa que no fue emitido en el día de la fecha. Desde sus casas, departamentos, pisos horizontales, monoambientes, en la ciudad, en el campo, en algún lugar del mundo, los radioescuchas adhirieron a la propuesta de los patafísicos, y decidieron sentarse junto a sus transmisores para rebelarse contra la práctica habitual de la escucha radiofónica.
Ser irrefrenable que atrás no elige quedarse. Sus cenizas vuelan en ciénagas noches, hiperbólicamente.